domingo, 9 de mayo de 2010
La Ópera
En la última fila apenas se intuía su silueta. Inmobil, sufriendo pero disfrutando los delirios de los narcóticos, hacia de la mezzo soprano que cantaba sobre el escenario, un conjunto de fantasías que se diluían y avivaban con las notas que dejaban libres en el aire aquellos labios de cuento, rojos, dulces y viciosos. Le gustaba la ópera cuando sus sentidos se encontraban efervescentes tras su dosis de ácido lisérgico, los acordes le hacían eyacular. Pero esta vez, las notas que Puccini había posado sobre un papel y que ahora la cantante recitaba, le maltrataban el corazón o el agujero donde éste se encontró alguna vez.
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