viernes, 2 de abril de 2010

Canción del Sicario

Ruido de claxons, tacones;
gemidos, gatos y prostitutas;
miradas que sin querer quererlo,
no llevan a engaño.

Su cigarro, como un faro anuncia,
el peligro de quien lo fuma,
y desde la última mesa de bar avisa:
“si vienes aquí eres mi presa”.

Pero su vida no tiene rima,
si no cadáveres, sangre y policía.
Se considera el lobo hambriento de Caperucita,
pero con una familia que le necesita.

Su objetivo un tal Menaras,
de ideas grises y bragueta caliente,
algo que con un par de balas,
no le hará temblar los dientes.

Hijo del silencio,
primo hermano de la crueldad,
se enciende un cigarro mirando el cadáver,
sin ningún tipo de piedad.

Por la mañana, el sol asustado,
se esconde detrás de una nube para darle los buenos días,
mientras en las portadas,
los periódicos anuncian su trabajo a la hora de brujas.

Café tocado, aunque más tocado que café,
le hace entrar a tono,
le hace sentirse bien,
le hace recordar lo que es y debe ser.

Sus manos huelen a sangre,
ella no aguanta la situación,
él la manda con su madre,
y piensa: “ mi pistola nos da comida y una chez longe”

A la noche siguiente un tour,
por clubes y barrios bajos,
porque bajo esta su espíritu, si se pone a pensar,
asi que piensa que pensar, no le va a ayudar.

Al girar por otra calle,
donde las farolas fingen alegría,
se encuentra con uno de esos,
que para nada son buena gente.

La conversación de borrachos,
lleva a los ladridos
y estos a un sinsentido,
que hacen de nuestro héroe pedazos.

En la acera su tumba,
con la dignidad de una rata
-¡Hay que ver!- grita su mujer,
-su vida fue toda, una errata-.

En los clubes, las chicas ondean sus cuerpos a media hasta,
y los callejones recuerdan
a aquel que fue,
y ya no es nada.

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